Mañilwenu y la guerra a muerte: un episodio

Mañilwenü nació en Adenkul, cerca de Ercilla, alrededor de 1780. Desde 1800 a 1860 se destacó en su rol de jefe político y militar del Wallmapu. Los chilenos lo consideraban el enemigo número uno. A su muerte lo reemplazó su hijo, Kilapan.

Por: Fernando Pairican

[Crónica publicada en la edición puken de la Revista Aukin. Agosto de 2018]


A principios de septiembre, los restauradores del orden colonial dieron cuenta de una especie de manifiesto. Señalaban que en poco tiempo cruzarían desde el río Biobío,

“toda respetable División de su mando, Milicias, Abitantes en estas Fronteras y quatro mil Naturales valientes, para hacer una Ymbacion que asegure aquellas ideas y nuestra subsistencia, no solo en la Provincia, si no sobre la Capital, protexiendo el desembarco, que del Exercito, que debe hacerlo por aquellas inmediaciones”.

El llamado era a sublevarse “en el momento que llegue a vuestra noticia de que estas Tropas han verificado su pasada”, y a confiar en los ejércitos del Rey, en los aliados fieles “y valientes Naturales”[1].

Las fuerzas monarquistas y mapuche lideradas por Mañilwenü convergieron el 18 de septiembre de 1820. Ese día el coronel Pico cruzó con una gruesa caballería en dirección a Yumbel encontrándose a las nueve de la mañana con las fuerzas republicanas que se dirigían hacia Rere. Cerca de 400 dragones y mapuche embistieron sobre las tropas de O’Carrol, derrotándolas, e iniciando un repliegue hacia la plaza de la que habían salido horas antes. Sin defensas, la plaza de Yumbel volvió a ser ocupada, forzando a Ramón Freire a enviar refuerzos y debilitar su posición.

Pico se convirtió en el objetivo de los chilenos y la obsesión del alto mando militar del ejército de la frontera. Los mapuche criollos, conocedores del terreno, rastrearon sus huellas y llevaron a las fuerzas republicanas al mismo campamento del segundo liderazgo español. No se percataron del inminente ataque, ya que preparaban su rancho en la madrugada de ese día, como dan cuenta los documentos. Apenas escucharon la embestida, los monarquistas ordenaron su resistencia. Pico dividió en dos columnas a sus Dragones, mientras que su infantería quedó cubierta por ellos mismos. Con esa estrategia, comenzaron a avanzar hacia el enemigo, venciéndolos a partir del desgaste de los disparos de los fusileros. Con una muy buena puntería, señalan en un informe enviado a Ramón Freire, una consecuencia directa del nuevo armamento enviado por el Virrey.  La derrota era cosa de tiempo, momento en que son avisados que los mapuche encabezados por Mañilwenü se aproximaban. Observando los altos mandos republicanos que la táctica de envolvimiento estaba dando su efecto, decidieron emprender la retirada antes de quedar encerrados en tres fuegos enemigos. Fue cosa de tiempo que la estrategia de monarquista-mapuche no funcionara, cosa que cambiaría en los valles de Pangal.

Obsesionado con la victoria, Pico y Mañilwenü no dejaron descansar a los ejércitos republicanos, menos dejarlos huir. En su retirada ,“donde el terreno lo permitía, piquetes de ambas divisiones se acometían con rápidos choques para replegarse inmediatamente a sus filas”. De esa manera, desgastadas las ambas fuerzas, los monarquistas y mapuche acabaron por alcanzarlos en Pangal.

El valle de Pangal se caracterizaba por la abundancia de la planta que los mapuche denominan nalca. Se caracteriza por brotar en territorios húmedos y con abundante sombra, es decir, cercanas o al interior de algún bosque. Ello permite que el tallo de la nalca contenga agua y que para los mapuche tuviera propiedades medicinales. Sobre esas tierras, Pico con trescientos fusileros y lanceros mapuche encabezados por Mañilwenü derrotaron a los ejércitos republicanos.

Observando el terreno, los restauradores del orden colonial, decidieron ocupar la superioridad numérica. Pico, Ferrebú y Mañilwenü se reunieron para idear el plan, que básicamente fue el mismo que intentaron aplicar en la batalla anterior. Atacarían por tres flancos a los fatigados republicanos, forzándolos a quedar encerrados en tres fuegos.

Acordado el plan, los monarquistas, al mando de Ferrebú atacaron a los republicanos de izquierda a derecha, mientras que Pico realizó el mismo movimiento de derecha a izquierda, encerrándolos en dos fuegos. Mañilwenü, por su parte, movilizó a sus konas en una circunferencia mientras se desenvolvía la batalla en Pangal. Hecho ese envolvimiento, “con mucha valería” y con un estruendoso afafan, sorprendieron por la retaguardia a los chilenos, no dejándoles más opción que romper las filas, “quedando la mayor parte de los nuestros en sus lanzas”. La destrucción de los ejércitos republicanos fue casi completa, describió el general Cruz en octubre de 1861, que al recordar el episodio subrayó como un “corral de sables y lanzas”. Sorprendido los ejércitos republicanos, Guevara señala: “los indios lancean sin descanso, cebados en los rendidos, en este campo llano hacen funcionar el arma tan segura para ellos como sus lanzas, las boleadoras, que enredan las patas del caballo y lo derriban”[2].

O’Carrol fue capturado en el combate y según Vicuña Mackenna, cuatro disparos de carabina dieron muerte a uno de los liderazgos militares republicanos. Apenas enterado Freire de la derrota, el 23 de septiembre de 1820, ordenó a Alcázar replegarse a Chillán, cruzando por el vado de Tarpellanca en dirección a Yumbel. Dos días después, Pico y Benavides se reunieron, avisados de este movimiento, invadieron Los Ángeles con un total de dos mil cuatrocientos efectivos, encontrándose con poca resistencia ya que el éxodo hacia Chillán había comenzado apenas llegaron las noticias de la derrota militar. Siguiendo las huellas, se percataron que el cruce lo harían a través del paso fronterizo del río Laja.

Los monarquistas y mapuche los sorprendieron cruzando el río. Al parecer los dejaron navegar, cuando se encontraban en la mitad del río, Benavides se presentó ante ellos. La derrota republicana era total. No obstante, lo que sería el último acto de resistencia militar de Andrés de Alcázar, lo llevó a tomar la decisión de desembarcar en un islote ubicado al centro de ambas orillas: resistirían ante de darse por vencer.

Comenzaron a fabricar canoas, seguramente con los troncos de árboles que se conforman en Isla Laja. Mientras Alcázar preparaba la resistencia, los restauradores del orden colonial navegaron hacia la isla rodeándola por distintos puntos. El disparo de los cañones fue intenso, pero los altos mandos militares restauradores sabían que era un tema de tiempo que se agotaran las municiones, a sabiendas que en la medida que demorasen en vencer la resistencia, la posibilidad de recibir apoyo era factible, pues los estruendos también eran un aviso a los otros líderes republicanos para dar cuenta de su posición. Tal vez, Alcázar esperaba que en algún momento llegase Thompson con refuerzos, su leal colaborador que durante ese tiempo había decidido viajar hacia Concepción a pedir apoyo directamente a Ramón Freire. Decisión que le costó el arresto apenas se presentó ante su superior y un juicio militar.

Durante las diez horas que se prolongaron los disparos de cañones y de fusilería republicana, los refuerzos no llegaron, y las previsiones comenzaron a escasear. Frente a ese escenario, Alcázar decidió capitular. El desarme comenzó apenas llegaron los liderazgos monarquistas y mapuche a tierra. En aquel momento las diferencias entre los proyectos de la alianza se evidenciaron, así como los códigos políticos entre un ejército con  horizontes modernos y otro con una ideología tradicional. Para Vicente Benavides y Manuel de Pico, lo correcto era realizar un intercambio de prisioneros, o bien, exigir una capitulación a Ramón Freire, como había sucedido un año antes, cuando los republicanos entregaron a Benavides a su familia.

No obstante, para los mapuche la lógica de la guerra era otra. Sin liderazgos, lera evidente la debilidad militar, y las posibilidades de vencer se hacían más factible, por lo tanto, restaurar la hegemonía previa a la guerra y debilitar, al mismo tiempo, a los liderazgos indígenas criollos. En ese escenario, Mañilwenü, toqui de la guerra y quien relevó a Mariluan, reunió a los principales liderazgos mapuche, realizaron un trawün y decidieron debilitar a sus enemigos de raíz.

Los hechos posteriores demostraron que la hegemonía hispana en la guerra era menor que la de los mapuche. Mañilwenü comunicó a sus aliados que ejecutarían a todos los mapuche leales a Lorenzo Kolüpi, su principal enemigo al interior de la hegemonía mapuche, y forzó a Benavides a quebrar su protocolo monárquico del respeto a los vencidos de la guerra, de no hacerlo, dejaba abierta un flanco de debilidad con los aliados mapuche. Según Tomás Guevara, la muerte de los kona de Kolüpi fue “la señal de la matanza. Benavides hizo morir a sable i lanza, cerca de la casa en que se hallaba, a los paisanos más conocidos por las ideas republicanas”[3].

Como ocurrió durante la Guerra de Arauco cuando fue capturado Pedro de Valdivia en la noche de navidad de 1553, y Martín Oñez García Oñez de Loyola durante el gran levantamiento encabezado por Pelatarü; Mañilwenü decidió ejecutar a Andrés de Alcázar. Sin uno los principales líderes de los ejércitos republicanos con vida, las tropas se debilitarían y la restauración del orden colonial permitiría negociar un nuevo marco político. Como era la tradición, los mapuche dejaron para el final a los mandos superiores. El jefe debía ver morir a su tropa como respeto y debilidad. Así, Andrés de Alcázar vio como ante sus ojos cruzaron amarrados sobre sus caballos sus subordinados.

Los mapuche los colocaron en una larga fila, en un sendero rodeado de lanceros mapuche que empuñaron sus dagas sobre los cuerpos de los prisioneros en el largo camino a la muerte. Luego de ello, fue el turno del líder republicano, asumiendo el longko Catrileo de Purén, principal enemigo de Kolüpi en esas tierras la tarea de ejecutarlo. Con su lanza traspasó el cuerpo del viejo militar republicano. Mañilwenü tal vez pensó, que con su muerte, decaía uno de los pilares de la resistencia republicana, deteriorándose el proyecto republicano. En un corto plazo aquello fue así, como sostiene Vicuña Mackenna, se perdía la provincia de Concepción, y con ello las aperturas de “las puertas de la capital, por la cuarta vez durante la guerra de la independencia, al invasor realista”[4].

[1] “Proclama del subdelegado de Partido de Cauquenes a los abitantes de aquella juridiscción”. Plaza de Arauco, 1 de septiembre de 1820. Archivo Vicente Benavidez, Ministerio de Guerra.

[2] Benjamín Vicuña Mackenna y Tomás Guevara. Citado.

[3] Guevara. P 378.

[4] Benjamín Vicuña Mackenna. Citado. P 295-300.