La dualidad del ser mapuche

Las pugnas entre organizaciones mapuche de carácter autonomistas y otras más integracionistas continúan en confrontación por conquistar la hegemonía en el país mapuche dividido en dos espacios: los habitantes de la diáspora y los que resisten en el país mapuche cercado por forestales, agricultores racistas y la prepotencia del Estado chileno que ha militarizado el Wallmapu.


El 20 de marzo de 1886, Juan Kolüpi, uno de los descendientes de Lorenzo Kolüpi, principal aliado del ejército chileno en el proceso de ocupación de La Araucanía, escribió una carta al gobierno de Chile pidiendo revertir el decreto que puso como terrenos fiscales las tierras de sus antepasados. Señalaba que “los servicios que hemos prestado al gobierno i que todos quedan confirmados con el nombramiento que el Supremo Gobierno nos ha hecho de empleos públicos”, demostrarían su calidad de “indios pacíficos”, categoría, que agregaba, “siempre hemos contribuido a pacificar a los demás con todos nuestros recursos”. En la misma carta, el descendiente narraba la historia de la familia, aliados desde el principio de las convulsiones de la independencia a la república chilena. “Ya ve, señor, los antecedentes de nuestra familia i que esto es solo una pálida demostración de los servicios que hemos prestado al gobierno”. (El Colono, 20 de junio de 1886)

En una barrera opuesta se encontró Mañilwenü y su hijo Kilapan, estos dos liderazgos, se opusieron desde sus inicios a cualquier parlamento con la república chilena, ocupando todas las herramientas políticas del siglo XIX para detener el avance del ejército chileno y de las instituciones del Estado. A los mapuche aliados al Estado chileno, el malon fue la manera de detenerlos. Como dice Juan Zúñiga, un mestizo lenguaraz, cuando Mañilwenü y Kolüpi en los campos de Wallmapu se embestían “como toros bravos cuando se encontraban” (Tomás Guevara y Manuel Mañkilef, Las Últimas Familias). Imposible de vencerse mutuamente, finalmente Mañilwenü envenenó a Kolüpi, perdiendo el Estado chileno a uno de sus principales aliados.

Como es posible observar, la naturaleza del poder político mapuche estuvo en pugnas permanentes en la conducción de Wallmapu. Alianzas políticas, negociaciones con la sociedad criolla, interalianzas entre liderazgos mapuche, el siglo XIX de nuestra nación fue de múltiples formas de llevar adelante la conducción del Wallmapu a través de un poder político que emanó a su vez de un poder social construido en base a milenios de relaciones sociales en los habitantes del país mapuche. Ella unió la cosmología a un sistema político que tuvo por fin el Buen Vivir de la sociedad mapuche. Pero como es posible observar en las historias de Lorenzo Kolüpi y Maniñwenü, ambas coexistieron y estuvieron en pugna permanente. Aquello es la dualidad del ser mapuche, el “todo sin exclusión” en voz de Elicura Chihuailaf.

¿Cuánto de aquello ha cambiado? ¿Cuánto de aquello sigue siendo permanente en el Wallmapu del siglo XXI? Las pugnas entre organizaciones mapuche de carácter autonomistas y otras más integracionistas continúan en confrontación por conquistar la hegemonía en el país mapuche dividido en dos espacios: los habitantes de la diáspora y los que resisten en el país mapuche cercado por forestales, agricultores racistas y la prepotencia del Estado chileno que ha militarizado el Wallmapu. Las consecuencias de esta política de coerción policial es evidente: niñez mapuche violentada por las policías, nuestros mártires y las cárceles políticas, una constante para los weichafe de la autodeterminación.

En esta nueva conmemoración del gran levantamiento de nuestro pueblo en 1881, enviamos un abrazo a la libertad de los diez hermanos y nuestra machi que han conquistado su libertad luego de un juicio que se extendió por meses y en donde la presunción de inocencia nunca existió. También la libertad de los hermanos del caso Huracán, detenidos en una mediática operación de inteligencia que, a través de una ley, les ha brindado prerrogativas a las policías y fiscales que vulnera la libertad de expresión política de nuestro pueblo. Asimismo, acompañamos en el dolor a los familiares de Macarena Valdés, Alex Lemun, Jaime Mendoza Collío y Matías Catrileo pronto a cumplirse diez años de su asesinato. Porque como dijo éste último peñi: “no somos los indígenas de Chile, somos mapuche, somos aparte”.